¿Y si nos pasara?

agosto 27, 2015

Al medio día mientras salí del hospital me encontré con una familia muy particular. En una silla de ruedas viajaba un pequeño de unos 12 años. Famélico, sin cabello y con una mascarilla bucal, su piel reluciente por la palidez sobresalía debajo de su estructura ósea, sin signos de la más mínima cantidad de grasa. Era un retrato de las fotos de campos de concentración de la segunda Guerra Mundial. Me impresionó su mirada VACÍA, sin esperanza, sin objetivo… diría mejor una mirada que denotaba existencia; no así vida. Una imagen que evoca sufrimiento, probablemente de una larga enfermedad neoplásica: Leucemia probablemente. Todos los que pasaban dejaban su mirada clavada, un taxi se detuvo y les dio el paso cosa que no suele ocurrir en nuestro medio). Tal era el grado de dolor que evocaba este niño que todos se quedaban mirando aquella escena, detrás con un bebe de meses en su regazo asumo seguía su madre y guiaba la silla un hombre mayor, el que probablemente era su padre o su abuelo. Me detuve por un momento para verlos pasar, el niño sin habla con la mirada perdida y los acompañantes dialogando cosas rutinarias como si esto fuera algo cotidiano. Miré el rostro de pesar en una señora que pasaba, probablemente presa de la misma sensación de tristeza que me azotaba por dentro. Todo esto ocurrió en cuestión de segundos, seguí caminando pensando en el niño, viendo la gente, el movimiento de los carros. Un taxi casi me atropella por lo absorto de mi pensamiento. Cuántos años de sufrimiento, una vida que no comenzó, sin oportunidades, una muerte inminente. He visto toda clase de míseras enfermedades matar personas, pero si hay algo que no tolero son las que azotan a los niños. La primera vez que sentí rabia con Dios fue por la muerte de un niño de la sala de Oncología pediátrica cuando era estudiante de medicina, Edwin lo llamaré, uno de los que pasan meses en tratamiento por leucemia. Vivaz, enérgico y pícaro. Nadie escapaba a sus bromas, era el alma de la sala.

Jugaba y nunca se quejaba a pesar de su enfermedad. Lo dejé un viernes y el lunes ya no estaba. Septicemia grave que lo consumió en 48 horas.

Han pasado años y decenas de libros que explican el dolor humano, el quebranto que causa el padecimiento de una enfermedad y no termino de entender por qué el azar hace destrozos en la vida de personas, incluso en los inocentes niños. Explicaciones tan absurdas como “Es la voluntad de Dios” o “Dios tiene preparado algo mejor” no faltan en el fanatismo y fervor religioso que concibe al Creador como un monstruoso “ser” que juega con las personas, como en un circo cósmico, al estilo de la mejor tragedia Griega. He podido entender con el tiempo y la observación que el Creador (de la manera que cualquiera puede concebir) no tiene NADA absolutamente que ver con esto. Que todo entra en el juego de “libertad infinita” que tenemos todos los seres incluso las bacterias, virus, células neoplásicas. Si existe un terremoto en el fondo del Pacífico o en Filipinas o Hawai, obedece a la libertad de las placas tectónicas de moverse; y no de un plan “malévolo” de alguien que quiere demostrar su “poder”.

Miro este niño y es inevitable el recuerdo de mis hijos, saludables, grandes y con un mundo por delante; y es indescriptible el terror que causa hacerme la pregunta ¿y si nos pasara?. No muchos nos hacemos esta pregunta, principalmente cuando nos quejamos de nuestros pequeños conflictos emocionales, crisis existenciales, cuando nos ahogamos en nuestros vasos de agua de necesidades creadas y nuestras frustraciones de expectativas consumistas. Cuando nos quejamos de nuestro trabajo o esposa o novia, cuando nos asfixia la presión del éxito, e incluso cuando ni siquiera nos aceptamos a nosotros mismos. Cuando tenemos una preocupación obsesiva con nuestro físico o la edad, cuando no superamos etapas.

“El mal de otros es remedio de tontos” reza un viejo dicho, es una posibilidad grande conformarse con nuestros “males” con el consuelo que hay peores, pero me lleno de tristeza saber que existe la posibilidad de tener una vida plena que no aprovecho por vivir quejándome del presente que tengo, cuando existen niños como Edwin y este pequeño del relato que no tuvieron oportunidad de quejarse, y que murieron con el dolor de una terrible enfermedad terminal. La oportunidad de vivir no se repite, solo es una; a veces hay que reconocerla con una sencilla pregunta ¿Y SI NOS PASARA?


 

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Posted in Reflexiones