No comer, no dormir, no disponer de tiempo son palabras fáciles para un médico. Crecemos desde temprano expuestos a este tipo de entrenamiento que te hace “menos humanos”. Tus amigos se casan, tienen hijos, familia, se estabilizan mientras los miras pasar de lejos como en un sueño, como en otra dimensión. Carecer de vida social, dormirse en reuniones o en el cine, preferir una cama antes de salir, bailar y divertirse. Los índices de divorcio, adicciones al alcohol y drogas están a la orden del día. No es infrecuente sentir que tus hijos crecieron sin darnos cuenta.
Ayer recién me encontré adoleciendo de múltiples “dolamas” (expresión muy autóctona para referirse a un sin número de formas de dolor) sentí que mi espalda se quebraba, calambres, mis dedos no se movían como antes. Me di cuenta de algo triste e inevitable: ESTOY QUEDANDO VIEJO Y EL TRABAJO ME HA CASTIGADO, fruto de esto es que llegué a la conclusión que EL TRABAJO DUELE. Los períodos de ayuno prolongado a los que me he sometido al igual que todos mis colegas, dejan huellas imborrables: hígado graso y síndrome metabólico. El estrés eterno y continuo, la gravedad de un paciente, riesgos laborales de demandas, acoso laboral, falta de insumos; nos dejan hipertensos, con trastornos de ansiedad, fibromialgias. Después de 10-11 años de estudio, desvelos y sufrimientos nos despersonalizamos, a veces un cambio radical a nuestro carácter nos convierten en verdaderos “personajes”. Me he hecho la pregunta muchas veces…¿qué hay tan deshumanizador en esta profesión? ¿por qué siento que nos degradamos con frecuencia? ¿existe algún antídoto que nos libere?.
Pero por la mañana encontré a Doña “Gloria” a quien rescaté en la emergencia con peritonitis, una “joven” de 82 años, gravemente enferma; su vesícula biliar perforada. Cuando la vi sentada, hablando, diciéndome que ya había comido y planificando su alta; todo y cualquier tipo de “dolor” físico, espiritual, sentimental desaparece…adquiere sentido. No hay “medicina” más grande que la satisfacción del deber cumplido…de haber hecho las cosas bien. Creo que es un error de pensar “salvé una vida” lleva implícito una alta dosis de vanidad y egocentrismo. Se trata de estar totalmente consciente que mi trabajo, a pesar del dolor, desánimo y frustración que a veces nos envuelve está lleno de “vida”.
El trabajo tiene que doler; si duele pero te hace digno y pleno estás en una ruta correcta. Y lo dijo Madre Teresa …“el amor duele” tiene que doler, pero ese dolor se transforma en gozo cuando descubrimos que nacimos para servir, con un propósito.
Doy gracias por haber descubierto ese sentido del Dolor, que me lleva a recordar que mi trabajo tiene un propósito: SERVIR.
